Ben Howard – Keep your head up

Es la noche la que te hace pensar. Cuando no oyes más que tu voz. ¿Tu voz? Y como el piso está frío y la habitación vacía, como el silencio chirría y la tranquilidad te inquieta, decides poner un poco de ruido. Porque eso es precisamente lo que se han empeñado en llamar…no recuerdo ya como lo llaman. Y entonces suena: “And I tried my best to embrace the darkness in which I swim”. Y es como si aquél náufrago, el que duda del futuro por no encontrar firme ni en el pasado ni mucho menos en el presente, sintiera de pronto cómo lo arrastran a lo más hondo. Pero nadie tira de él. Es más bien como si la gravedad multiplicara por diez su fuerza.  Qué bonita palabra para una de las cuatro interacciones fundamentales. Que la gravedad sea fundamento… Y que ese fundamento no sea más que “una ilusión, un efecto de la geometría del espacio-tiempo”. Y entonces piensas. Y entonces te hundes in the middle of the night.

Gus Black: Paranoid [Californication OST]

-¿Y el amor?
-Dolor
-Pero también felicidad
-Esas personas que queremos y que nos quieren no son más que cadenas
-Son también aquello por lo que vivimos, en cierta manera son el sentido
-Nos comprometen, desde que nacemos
-Aún así seguimos siendo libres para deshacernos de eso que llamas cadenas, si quisieras
-¿Estás seguro? ¿Cómo evitarías la culpa? Even if you could… ¿cómo vivirías sin un sentido?
-No one can. Por eso necesitamos amar y ser amados
-No one needs to be loved. Es una necesidad ficticia, impuesta
-¿Y amar?
-Puede ser una necesidad, como cualquier otra. It doesn’t means you “have” to
-So, you’re free
-No en lo que respecta a ser amado

Los dos se levantaron. Uno de ellos dejó un billete sobre la mesa y caminaron calle abajo como si llevaran años caminando juntos.

La costumbre del tiempo

mayo 13, 2012

Parov Stelar: #14 The Fog [The Princess]

Estaba sentado en la terraza mirando al horizonte, allá donde se perdían de vista las montañas del norte. Llevaba varios días lloviendo sin parar. Se fijó en cómo rebosaba el agua en las macetas que su mujer cuidaba con tanto esmero. ¿Y si seguía lloviendo así hasta no se sabe cuando? Cuál sería la máxima cantidad de agua que aquel suelo podría soportar, se preguntó. El sonido opaco de un trueno lejano interrumpió su pensamiento. Se levantó y fue a la cocina. El goteo incesante de la lluvia empezaba a molestarle. A veces la naturaleza le molestaba, todos esos ruidos en la noche, la humedad asfixiante, los mosquitos… Hacía ya veintitrés años que había llegado, aún lo recordaba con todo detalle, aquella tarde al pequeño puerto de Tuluca. Recordó cómo odiaba tener que moverse en barca por el río. Aquella tarde pensaba que estaría de vuelta a la mañana siguiente y nada le hizo sospechar que acabaría pasando los años que le quedaban por delante en ese diminuto poblado alejado de todo. Acabó por acostumbrarse. Acabamos por acostumbrarnos a todo, se dijo, tan sólo se necesita el tiempo suficiente. Se sirvió un poco de café y se apoyó en el umbral de la puerta, mirando de nuevo al horizonte. No pudo evitar preguntarse si también acabaría por acostumbrarse a la ausencia de María.

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